La Habana que se apaga y la Habana que no se puede contar
Un apagón récord, un brote epidémico sin insumos y un humorista preso por grabar la ciudad rota: la primera semana de agosto deja ver que narrar la crisis se persigue más rápido que resolverla
Lila Fuentes
En la primera semana de agosto de 2026 coincidieron en La Habana el sexto apagón general del año, el reconocimiento oficial de un brote epidémico sin insumos para enfrentarlo y la reclusión de un humorista acusado de espionaje por grabar la ciudad rota. El patrón que conecta los tres hechos no es la crisis en sí, sino que narrarla se ha convertido en el delito que el Estado más rápido persigue.
En resumen — En la primera semana de agosto de 2026 coincidieron en La Habana el sexto apagón general del año, el reconocimiento oficial de un brote epidémico sin insumos para enfrentarlo y la reclusión de un humorista acusado de espionaje por grabar la ciudad rota. El patrón que conecta los tres hechos no es la crisis en sí, sino que narrarla se ha convertido en el delito que el Estado más rápido persigue.
Eddy Ceballos escribió su carta desde una celda del Combinado del Este sin saber que, a pocos kilómetros, otra habanera libraba su propia batalla contra la misma ciudad. "Desde el lugar donde me encuentro, confinado en una celda, con escasez de alimentos y de agua, alejado de mis seres queridos, escribo para ustedes", relató el humorista, creador del canal Despingovery Channel, en la misiva que su madre, Marieta Pérez Alfaro, difundió el 1 de agosto en Facebook, según reprodujo Periódico Cubano. Ceballos lleva detenido desde el 1 de junio, acusado de espionaje contra la seguridad del Estado —un cargo que, según reportó 14ymedio, sustituyó a la imputación inicial de "invasión de propiedad militar"— por un video sobre una instalación militar soviética abandonada. "Soy un artista, no un espía; un humorista que muestra la realidad que está a la vista de todos, no un delincuente. Soy inocente", escribió.
Mientras tanto, en algún punto de la misma capital, la periodista Yoani Sánchez narraba en 14ymedio los tres días de una fiebre que la dejó sin poder tragar ni levantarse de la cama. "Estoy contagiada de alguno de esos tantos virus que circulan en una Habana donde la situación epidemiológica se agrava con cada hora que pasa", escribió. Su botiquín estaba vacío —"quedan dos dipironas, no hay termómetro y las sales de rehidratación oral ya se acabaron"— y los cuerpos de guardia, saturados: "no pueden hacer mucho por esa ola de pacientes que llega. No tienen capacidad para hacer análisis que determinen qué tenemos, no cuentan ni siquiera con jeringuillas", contó, tras descartar ir al hospital porque en su edificio de catorce pisos el ascensor no funcionaba por el apagón.
Ninguno de los dos hechos, leído por separado, es nuevo: Cuba lleva años de apagones, de dengue y de presos por publicar en redes. Lo que el conjunto de la cobertura reciente sobre La Habana deja ver es otra cosa: la distancia entre lo que el Estado admite que ocurre y lo que persigue que se cuente crece exactamente al mismo ritmo que la crisis que dice estar resolviendo.
El apagón que llevó a Ceballos a escribir esa carta no fue un hecho aislado. La noche del domingo 2 de agosto, el Sistema Electroenergético Nacional (SEN) colapsó por completo a las 22:43, el sexto suceso de esta magnitud en 2026, según reportaron OnCuba News y CiberCuba con datos de la Unión Eléctrica (UNE), apenas veintiuna horas después de otra desconexión parcial que dejó sin luz casi siete horas a Pinar del Río, Artemisa, Mayabeque, La Habana y Matanzas, por un disparo simultáneo en las líneas de 220 kV Matanzas-Cienfuegos y Matanzas-Santa Clara, según Periódico Cubano y 14ymedio. Tres días antes, el 29 de julio, la UNE ya había pronosticado un déficit de 2.380 megavatios, "la mayor afectación registrada desde que comenzaron a publicarse datos oficiales sobre el sistema eléctrico en 2022", según Periódico Cubano, que tras el colapso calculó una afectación de 2.195 MW frente a 3.200 MW de consumo estimado —cerca del 68% del sistema sin servicio, cálculo propio del medio con cifras de la UNE.
Esa fragilidad no es abstracta para quien depende de un hospital. En abril, un apagón obligó a evacuar a doce pacientes de la UCI del hospital Saturnino Lora, en Santiago de Cuba, durante la propia guardia médica, según reportó CiberCuba: el sistema eléctrico y el de salud comparten el mismo punto de quiebre. En La Habana, el Hospital Pediátrico Universitario William Soler sobrevive en parte gracias a la caridad extranjera: el municipio vasco de Legazpi cerró estos días una campaña solidaria que recaudó 12.332 euros para electrificar el centro, ya transferidos a la asociación Euskadi-Cuba, según Periódico Cubano. Que un hospital pediátrico dependa de la recaudación de un ayuntamiento español para sostener su suministro eléctrico mide cuánto se ha desplazado, hacia fuera de la isla, la responsabilidad de sostener servicios básicos.
La crisis sanitaria que describió Sánchez tampoco tomó por sorpresa a las autoridades. El Minsap reconoció ya en noviembre de 2025, a través de Francisco Durán García, director nacional de Epidemiología, que el país tenía "un comportamiento epidémico sostenido", con 753 nuevos casos sospechosos de chikungunya reportados en un solo día, según Diario de Cuba. En diciembre, medios oficiales citados por EFE anticiparon controlar la epidemia "para principios de 2026". Ese control no llegó: en junio, la viceministra Carilda Peña alertó que circulaban a la vez los cuatro serotipos del dengue, según Directorio Cubano. Es la tercera vez en nueve meses que el Minsap admite la gravedad del brote sin que la respuesta —reactivos, jeringuillas, fumigación— alcance a los enfermos que describió Sánchez, quien atribuyó el contagio persistente a una ciudad "repleta de montañas de basura" y "sin una campaña antivectorial".
Si la crisis eléctrica y la sanitaria están documentadas por el propio Estado, lo que este no tolera es que sean otros quienes las cuenten desde la calle. El caso de Ceballos no es aislado: en abril, la Seguridad del Estado ya había presionado a Ernesto Ricardo Medina, creador del proyecto audiovisual El4tico, para que se retractara de sus críticas, según reportó 14ymedio, que citó una carta manuscrita del joven en la que su madre preguntaba a Díaz-Canel: "si en Cuba no hay presos políticos, ¿de qué se les acusa?". Ese mismo mes, CiberCuba documentó la citación del Ministerio del Interior al creador de contenido David Espinosa y su esposa Laidy García por una "posible ilegalidad" —ocurrida, según el mismo medio, menos de doce horas después de que Díaz-Canel afirmara en la cadena NBC que en Cuba nadie va preso por manifestarse—. Daniela Escarra, esposa de Ceballos, resumió el patrón a 14ymedio: la prisión busca "generar miedo y silenciar a los 'influencers' en la Isla". "Hoy es un preso político", dijo.
Esa misma semana de agosto, mientras la capital se apagaba y sus hospitales carecían de jeringuillas, Miguel Díaz-Canel recibía en La Habana al presidente colombiano Gustavo Petro, en su última visita oficial antes de dejar el cargo, y hablaba de "convocar a la humanidad a la solidaridad con Cuba", según reportó OnCuba News. Son dos ciudades que ocupan el mismo espacio geográfico y el mismo calendario: la que se muestra a un jefe de Estado en gira de despedida y la que Eddy Ceballos, desde su celda —a la espera de un juicio que, según el Código Penal cubano citado por Periódico Cubano, podría imponerle hasta treinta años de prisión—, todavía llama "mi querida, agujereada y rota Habana".
Escrito por Lila Fuentes
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